“La arquitectura moderna murió en St Louis, Missouri el 15 de Julio de 1972 a las 3:32pm”, solemnemente declaraba Charles Jencks refiriéndose al día que finalizó la demolición del primer complejo de edificios habitacionales de Pruitt-Igoe. 

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Hacia la década de 1940-1950 la realidad habitacional de la ciudad de Saint Louis se encontraba entre dos extremos: por un lado la acumulación de viviendas deterioradas, con una alta densidad poblacional y en condiciones de extrema pobreza (33.000 familias compartían baños comunales) y por otro lado el desplazamiento de la clase media blanca hacia los suburbios, con la posterior ocupación de las antiguas residencias por familias de bajos ingresos, modificando la realidad, lenguaje y comportamiento del centro urbano.

A ésto se sumaba la inminente devaluación de las propiedades centrales producto de la expansión y segregación (física y racial) de los barrios del norte y sur, amenazando con engullir el centro urbano. Para 1947 el sector encagado de la planificación urbana propuso el reemplazo del total de los barrios marginales por bloques de viviendas públicas que dieran soporte a la alta densidad, entre ellos Pruitt-Igoe, destinado a jóvenes blancos y negros de clase media, siempre manteniendo la segregación racial, con el edificio Pruitt para usuarios negros y los apartamentos Igoe para blancos.

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La firma contratada para la elaboración de la propuesta fue Leinweber, Yamasaki & Hellmuth, con el arquitecto Minoru Yamasaki como encargado, quien presentó un diseño inicial compuesto por una mezcla de edificios de gran, mediana y baja altura; pero al sobrepasar el presupuesto destinado, agravado con la escasez de materiales producto de la Guerra de Corea, se decidió por un diseño uniforme de 11 plantas, fijando la densidad total a 50 unidades por acre.

Yamasaki se guió a partir de los principios de planificación moderna implementados por Le Corbusier y secundados por el CIAM (Congreso Internacional de Arquitectura Moderna) que tenían su más claro ejemplo a nivel de vivienda social y de cómo debían habitarse los espacios en la Unidad Habitacional de Marsella, proyecto del mismo Le Corbusier.

Finalmente en 1955 se inauguró oficialmente el proyecto que constaba de 33 edificios de once plantas cada uno, albergando 2870 apartamentos, la implementación de ascensores skip-stop y con áreas comunes (lavandería, salas, corredores y jardines) ubicados en la representativa planta libre moderna; pero desde un principio, a pesar de ser considerado como un gran avance en la renovación urbana, el proyecto denotaba poco entendimiento del entorno social y económico de los usuarios de Pruitt-Igoe: los apartamentos eran en extremo pequeños, los bloques de escalera y corredores se convirtieron en lugares diarios de asaltos, los jardines nunca cumplieron su intención inicial, el sistema de ventilación del edificio era deficiente y para 1965 la desocupación llegó a un tercio, derivando en 1971 a que sólamente se habitaran 17 de los 33 edificios, únicamente con 600 usuarios.

La decadencia y la ausencia de un sentido de pertenencia, así como de arraigo con el contexto, junto con la escalada de violencia de pandillas y la transformación de los espacios públicos en “no lugares” llevaron al Departamento Federal de Vivienda a exhortar a los habitantes que quedaban a abandonar el complejo en 1971, al mismo tiempo que demolieron dos edificios e implementaron acciones para tratar de rehabilitar lo que quedaba en pie. A partir de ese día se sucedieron en diferentes épocas las demoliciones de los edificios restantes al no lograr con éxito la recuperación del sitio, siendo el 15 de Julio el día que concluyo la primera de las diversas etapas de demolición.

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Muchos fueron los motivos nombrados en el momento como culpables del fracaso del proyecto: el declive económico de Saint Louis, la politizada oposición local o la emigración de los blancos a los suburbios; pero lo cierto fue que el mayor enemigo de Pruitt-Igoe fue la implementación de parámetros propios del lenguaje moderno como elementos determinantes en su concepción y realización, que por internacionales se mantenían ajenos a realidades, lenguajes y necesidades locales, así como el estancamiento temporal de dicho lenguaje, como lo mencionan Colin Rowe y Fred Koetter en su libro Collage City:

“La arquitectura moderna, como construcción psicológica y modelo físico, se ha vuelto trágicamente absurda… La ciudad de Le Corbusier, la famosa ciudad de los CIAM y publicitada por la Carta de Atenas; la antigua ciudad de liberación es cada día más inadecuada”.

De Pruitt-Igoe no quedó nada más que un terreno que posteriormente sería ocupado parcialmente por tres escuelas y un parque verde; pero principalmente quedó un ejemplo de cómo las intenciones y preceptos del Movimiento Moderno, si bien en teoría y en buena medida también en práctica, resultaba ideal y exitoso, carecía de un aspecto que hasta antes de la instauración del Movimiento había representado a prácticamente todos los lenguajes arquitectónicos: la caracterización; y es esa misma internacionalización impersonal la que ha llevado a la decadencia y a la cada vez menos utilización de este lenguaje.

Para los interesados en conocer más sobre el auge y caida de Pruitt-Igoe, recomendamos el excelente documental “The Pruitt-Igoe Myth: an Urban History”.