“Me he dedicado a la arquitectura como un acto sublime de la imaginación poética. En mí se premia…. a todo aquel que persigue la poesía y la belleza”

Con estas palabras recibía en 1980 Luis Barragán el premio Pritzker describiendo el epítome de su arquitectura: poesía y belleza.

Luis Barragán Morfín nació en la ciudad de Guadalajara, al norte de México, el 09 de marzo de 1902 en medio de una acomodada y muy católica familia de hacendados, quienes dividían su tiempo entre el barrio de Santa Mónica de Guadalajara y la hacienda Corrales ubicada en la Sierra del Tigre cerca de Mazamitla, Jalisco.

Ese contacto desde la infancia con la arquitectura rural mexicana poblada de penumbras, altos muros y paredes encaladas marcarían al joven Barragán influenciando en definitiva el que sería su estilo personal en el futuro. Entre 1919 y 1923 estudió en la Escuela Libre de Ingenieros de Guadalajara donde entabló una profunda amistad con Rafael Urzúa y Pedro Castellanos, exponentes también del posteriormente llamado “estilo mexicano universal”.

Dos viajes realiza en su vida que transforman y afirman el lenguaje que venía creando desde su niñez en las haciendas: uno a Francia y España entre 1924 y 1925, y otro al norte de África entre 1931 y 1932; ahí encuentra el lugar de nacimiento de esa arquitectura vernácula que tanto le atrae: en la Alhambra descubre el origen de los muros altos, las ventanas pequeñas, los jardines interiores y el uso expresivo del agua; en París visita la Exposition Internationale des Arts Décoratifs et Industriels Moderns donde se topa con una fotografía de un jardín diseñado por Ferdinand Bac y su libro Jardines Enchantés, el cual según el propio Barragán, sería el punto de partida para sus futuros jardines; y en África del norte se deslumbra con los interiores mediterráneos, las casas diseñadas hacia dentro, los juegos de la luz y la integración de la arquitectura con el paisaje.

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Es bajo este crisol de lenguajes que define un estilo propio y definitivo, donde el protagonista y creador de espacio es el muro y la luz, formas que llegó a perfeccionar logrando una expresividad sublime utilizando sólamente un muro pintado y una escalera.

Su primer obra privada en forma fue la remodelación de la casa Robles León en Guadalajara, donde destacó el uso de la madera en barandales y puertas las cuales fueron diseñadas por Barragán mismo, así como el uso del patio central con fuente; y su primer intervención pública fue en el Parque de la Revolución de Guadalajara del cual lamentablemente no existen vestigios actuales.

Dentro de sus obras privadas más importantes se encuentran el Plan de Urbanización Jardines del Pedregal de San Ángel en la Ciudad de México en 1945 y la restauración del Convento de las Capuchinas Sacramentarias de Tlalpan entre 1956 y 1960, donde muestra su dominio de la luz sobre el elemento de la piedra y el muro; así como la Casa Gilardi de 1976 la cual sobresale de su obra por el uso atrevido del color y la innovación para la época del entonces insólito comedor-piscina.

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A nivel público es importante considerar el proyecto de escultura urbana Torres de Satélite de 1957 y finalmente el que sería su proyecto más reconocido: su propia casa.

La Casa-Taller Luis Barragán fue construida en 1948 en la calle General Francisco Ramírez 12 en la colonia Tacubaya al oeste de la Ciudad de México, cuenta con 1162 m2 que se reparten entre construcción y jardines. En ella Barragán destiló los elementos que le caracterizan unificando el lenguaje vernáculo con la arquitectura moderna, unificando la construcción hacia dentro, con muros gruesos y brillantes colores, en medio de un jardín vernáculo que más que mexicano es barraganiano.

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Su obra está plagada del refinado lenguaje que el mismo creó, agrupando elementos de diversas latitudes; donde la sutileza y la sencillez moldean un espacio en unidad con su entornos, demostrando cada vez que se contempla una obra de Luis Barragán que se está ante la sublime “poesía y belleza” hecha piedra en las manos de uno de los mayores maestros del siglo XX.