¿Existe un diseño costarricense? Arq. Andrés Fernández

Arq. Andrés Fernández

 

¿Existe acaso un diseño, al que podamos llamar, así sea por aproximación, “costarricense”? La pregunta, aunque pueda parecer retórica, es hoy, cuando abundan en nuestras universidades públicas y privadas las carreras de diseño en un amplio espectro de sus variables, más urgente que nunca.

Porque aparte de esa razón, que sólo de paso compromete el porvenir de buena parte de nuestra juventud, los recursos humanos y materiales que el país está invirtiendo en ello son tantos, que no deberían estar como hasta ahora, al margen de la reflexión responsable sobre ese hecho concreto.

Así, si nos atenemos a la definición de diseño como: “concepción original de un objeto u obra destinados a la producción” como la que quizá sea la más sencilla y operativa, notamos de inmediato que en ella no está implícito en absoluto el origen geográfico o cultural del mismo.

Y no lo está precisamente, porque –verdad de Perogrullo– no es esa una tarea que le competa a los utilitarios objetos que resulten de esa variada disciplina, sino de los sujetos que como sociedad hagamos uso de ellos.

Es decir, y para nuestro caso particular, que para que exista un diseño al que podamos denominar con propiedad “costarricense”, es necesario primero pensar lo que como tal se ha producido y se está produciendo en Costa Rica en esas áreas. Y ahí entonces, entramos al meollo del asunto, porque ¿cómo debe ser esa reflexión?.

Coherencia. Si bien referidas de modo específico a la arquitectura, las premisas que para ese pensar adelantó la historiadora y crítica argentina Marina Waisman, en su obra El interior de la historia. Historiografía arquitectónica para uso de latinoamericanos , pueden sernos, a mi juicio, de gran ayuda.

Esto porque ahí se establece claramente la relación intelectual que, para conducir a la coherencia con nuestro medio social, económico, cultural y político, debe pre-existir a la práctica del diseño.

En efecto, Waisman en un retomar de lo mejor del campo intelectual del diseño en los países industrializados, sintetiza en la fórmula historia, teoría y crítica la triada que, más que presidir, debería guiar el hacer del diseño –agrego yo– en cualquiera de sus ramas.

Y de ahí, sin más, podríamos pasar a enunciar siquiera el estado de cada una de esas áreas en Costa Rica, con miras a esbozar una respuesta a la pregunta que da pie a estas líneas.

Y aquí es donde hay que decir que la historia, disciplina de amplia y refinada tradición en nuestro medio, ha adelantado mucho –aunque no siempre todo lo deseable– en el ámbito eso sí, de lo plástico y de lo arquitectónico.

Falta pues adentrarse en lo que promete ser un mundo de hallazgos en lo que a los otros tipos de diseño compete, en un país que ha tratado desde el siglo XIX de mantenerse “al día” con las metrópolis.

De la teoría, con escasas y honrosas excepciones –donde los casos de Luis Fernando Quirós y de Franklin Hernández no pueden dejar de mencionarse–, puede decirse que no ha superado lo embrionario… por lo menos en lo que a publicaciones respecta, porque en los anaqueles universitarios el pensamiento, socialmente, no hace nada.

Y la crítica, ya se sabe, en un país de “criticones” como el nuestro, no parece posible.

Constraste. Esa es sin duda nuestra mayor carencia y la que demuestra más palpablemente la falta de madurez requerida para que pueda aparecer un día, un diseño que se distinga por transmitir lo culturalmente particular de una patria de contrastes como esta.

Porque de contrastes se hace la práctica del diseño en un país libre y plural. No obstante, cuando el aprecio por lo realizado por otros es sustituido por la indiferencia, el análisis por el elogio, y la mirada abierta y el comentario consecuente se ven inhibidos por las amistades, los intereses materiales de tal o cual academia o gremio, o peor aún, por el cálculo comercial individual o empresarial, la crítica se hace imposible.

Y así, aunque pueda parecer paradójico por subjetivo, faltan en el medio nacional del diseño, la madurez intelectual, la generosidad de alma y, por sobre todo, la amplitud de miras que permitan que aquella triada enunciada por Waisman, se convierta en el mecanismo de reflexión que de paso a nuestro objeto.

Pues sólo entonces, con una historia que alimente el conocimiento de lo que ha sido, una teoría que guíe lo que puede ser, y una crítica que descodifique en su ser lo que está haciéndose hoy con miras al mañana, es decir, que reflexione la práctica del diseño en Costa Rica, tengamos algún día, quizá, uno al que en realidad podamos llamar, con propiedad y orgullo, “costarricense”.

 

Publicado en la revista Ámbitos del periódico La Nación en enero del 2009. Agradecemos al Arq. Andrés Fernández por autorizar su reproducción.

 

 

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