30 años de una joya arquitectónica

Por Daniela Castro

Desde hace 30 años, una joya arquitectónica descansa bajo los pies de los transeúntes josefinos y tal vez muchos no se inmutan por su existencia. En manos de tres grandes arquitectos que querían cambiar la vida urbana del pueblo costarricense se desarrolló uno de los más grandes proyectos arquitectónicos del país, su innovador diseño llevó a este “no edificio” –como lo llaman sus diseñadores- a ser un punto de partida de cambio del panorama de San José.

Los arquitectos Jorge Borbón, Edgar Vargas y Jorge Berthau, lograron una de las intervenciones más importantes del urbanismo nacional, logrando desplazar el centro de San José a lo que hoy llamamos la Plaza de la Cultura, este nodo josefino que día con día recibe a todos los ticos que la recorren, viven y disfrutan; y además logró poner en mayor evidencia nuestro hermoso Teatro Nacional.

El costado norte del Teatro Nacional era media cuadra completa con locales comerciales que fueron expropiados y derribados para darle paso a este proyecto que en su parte superior es la Plaza y en su nivel inferior abriga a los Museos del Banco Central de Costa Rica y sus colecciones de numismática, oro precolombino y artes plásticas, que viven en sus tres niveles subterráneos.

En primera instancia la plaza no abarcaba toda la media cuadra pues en el costado este se levantaba un edificio de tres niveles; pero al poder observar libremente la fachada norte del Teatro Nacional, se decidió por parte de las autoridades de Gobierno y del Banco Central la liberación total del espacio para realzar la belleza de esa otra joya de la arquitectura costarricense. Ante esto, el proyecto nace otra vez de nuevo, pero en esa ocasión con un desarrollo subterráneo del mismo.

Para evitar el rechazo del diseño por parte de la gente, los arquitectos hicieron una gran investigación y llegaron a la conclusión de la necesidad de que este espacio ubicado en el “sótano” de la Plaza estuviera lleno de iluminación, fugas visuales y ventilación; con dobles alturas para que el usuario no se sintiera encerrado y grandes luces entre las columnas –de unos 16 metros entre cada una– y que colores neutros fueran la paleta a utilizar para que lo importante en cada sala se enfocara en las obras de arte que se expondrían allí.

Las grandes luces de la estructura de la losa –piso de la Plaza y cielo del Museo- fueron logradas por medio de un sistema constructivo reticular celulado, a base de piezas de concreto chorreado previamente moldeadas en fibra de vidrio, que crean un singular ritmo a través de los pasillos y salas del Museo.

En cuanto al nivel superior o plenamente urbano del Museo, la Plaza de la Cultura, hoy es un punto de reunión reconocido por todos, el lugar donde se puede observar a las palomas volar un rato, ver amigos conversando y riéndose, parejas marcando y comiéndose un helado y donde los chiquillos corren libremente, mientras algunos simplemente la cruzan de lado a lado. Este nuevo centro de  Chepe, donde la prioridad es el usuario, lo cubren subniveles que determinan recorridos frecuentes entre los peatones definiendo la entrada al Museo ubicada en la parte este, junto con las chimeneas de aire y, al costado noroeste, las entradas de luz que alimentan al subterráneo de una manera sutil y precisa: definitivamente, una joya arquitectónica que tiene 30 años ya.

– Agradecimiendo especial al Arq. Andrés Fernández por permitirnos utilizar las fotografías de su colección.

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